Qué ver en Beijing

Palacio de Verano

Con cerca de 17,5 millones de habitantes en su área metropolitana y una proyección internacional meteórica, no resulta exagerado afirmar que la mágica Beijing no es simplemente la capital de China, sino un centro cultural y económico que comienza a hacerse un hueco entre las principales ciudades del mundo.

Ubicada en el noreste del gigante asiático (de hecho, su nombre significa ‘capital del norte’), esta urbe ha sido la capital del denominado País del Centro desde 1272, fecha en la que el emperador de origen mongol Kublai Kan decidió establecer allí su corte.

A partir de este momento, y de la mano de las dinastías Yuan (1279-1368), Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911), el crecimiento de Beijing ha sido imparable, incluso tras el fin de la era imperial. A rebufo del milagro económico chino y del recuerdo imborrable de los Juegos Olímpicos del 2008, la ciudad es cada vez un destino más demandado por el turismo internacional. A pesar de su vertiginoso desarrollo, no obstante, Beijing combina sin estridencias tradición y modernidad: grandes rascacielos y milenarios edificios que beben de la arquitectura oriental más atávica.

A simple vista, una de sus características principales es su estructura axial, consistente en un entramado urbano que se distribuye en torno a un antiguo perímetro amurallado que aún aglutina un buen número de edificios históricos en un excelente estado de conservación. En el apartado de construcciones religiosas, el monumento más sobresaliente es sin duda el soberbio templo del Cielo (Tian Tan).

Su disposición remite a la ancestral creencia china que concebía una Tierra totalmente plana y cubierta en su práctica totalidad por un cielo semiesférico. En cualquier caso, este no es el único lugar destinado al culto remarcable: en efecto, lugares como el magnífico templo de Confucio o el templo de los Lamas (Yonghegong), del 1694 y erigido en la zona norte de Beijing bien merecen una visita.

En cualquier caso, estas construcciones están a la sombra de la soberbia herencia arquitectónica de los emperadores. Su caso más paradigmático se halla en la plaza de Tiananmen (la más grande del planeta) y frente al mausoleo de Mao Zedong: la maravillosa e inacabable Ciudad Prohibida. Con una superficie de 0,72 km cuadrados que dan cabida a unos 800 edificios y una zona ajardinada, este céntrico complejo es el más fiel reflejo de la pretérita pujanza imperial.

La misma ostentación es la que destila el cautivador Palacio de Verano (originario del siglo XVIII y reconstruido en el siglo XIX, en la foto), sito en la periferia de la capital, salpicado de opulentos pabellones y templos y poseedor de un precioso lago. Menos suerte ha corrido su predecesor, el denominado Antiguo Palacio de Verano (1707-1860), cuyas ruinas constituyen uno de los raros casos de arquitectura europea en Beijing.

Aunque no pueden competir con la popularidad de los anteriores, otros lugares que sorprenderán gratamente al recién llegado son el Palacio Cultural de los Trabajadores, el precioso parque de Jingshan (desde el que se puede disfrutar de incomparables vistas sobre la Ciudad Prohibida y la pagoda Blanca) y, para los amantes de las compras y del regateo, el siempre bullicioso Mercado de la Seda, en el que se pueden conseguir réplicas perfectas de moda y complementos de las mejores firmas internacionales. Y por supuesto, tampoco debe obviarse el espectacular estadio del Nido, o la posibilidad de disfrutar de una velada inolvidable en la ópera de Beijing.

En cualquier caso, dos de las principales atracciones pekinesas se hallan fuera del casco urbano. La primera de ellas, las tumbas Ming y Qing, se encuentra a unos 50 km de la capital y fue declarada Patrimonio de la Humanidad (2003).

Lo mismo ocurre con el símbolo por antonomasia de China: la Gran Muralla, que en el 2007 fueron elegida por votación popular como una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo. Aunque su trazado es ingente, sus tramos más famosos y concurridos son el de la localidad de Badaling —sita a unos 65 km de Beijing— y el de Jinshangling, menos conocido y algo más degradado, aunque igualmente atractivo.

Foto vía: Cèlia Roca

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