
Aunque el gigante asiático suele asociarse tradicionalmente a religiones ajenas a la cultura mediterránea, como el budismo, no hay que perder de vista que la presencia del Islam en China no es nada desdeñable. Ante esta situación, construcciones como las que presenta este post —la Gran Mezquita de Beijing— cobran sentido.
Este edificio, conocido también como Libai Si o templo de la Plegaria, se halla situado en la zona habitada por la minoría musulmana hui, en Niu Jie (o calle de la Vaca). El nombre de esta vía no es casual, ya que hace alusión a un alimento habitual para esta comunidad, que aparta de su dieta a otro que sí es consumido profusamente por el resto de los chinos: el cerdo.
El proyecto de construcción de una mezquita en Beijing tiene su origen en el año 966, en la época Liao, (916-1125), aunque los trabajos de edificación no culminaron hasta el siglo XI. Ya en tiempos de la dinastía Ming (1368-1644), recibió su denominación actual a través de un edicto del emperador. En la actualidad, y desde 1998, la mezquita está bajo protección municipal.

Por todos es sabido que uno de los principales alicientes de China son sus incomparables contrastes entre tradición y modernidad.
En este sentido, una de la ciudades del gigante asiático que mejor reflejan este aspecto es Guangzhou o Cantón, la capital de la provincia meridional de Guangdong. Hasta allí viajará el post de hoy, con e propósito de descubrir una de sus arterias con mayor personalidad: Yangjiang Lu.
Esta concurrida vía, también conocida como avenida del Río, bordea la orilla izquierda del río de las Perlas, al tiempo que constituye la columna vertebral de un populoso barrio. Si se dispone de poco tiempo para dedicar a esta zona, se aconseja al recién llegado que se dirija a la derecha del Puente del Pueblo. Allí encontrará un embarcadero del que parten a diario barcos que permiten hacer excursiones a lo largo del río.

La sugerencia de hoy anima al lector a regresar a la cosmopolita Hong Kong, en el sur de China. En esta ocasión, el área que se propone descubrir es la sugerente y lujosa comunidad playera de Stanley Village.
Su mosaico de exclusivas residencias, que salpican ambos lados de la única carretera por la que se accede a la zona, no dejará indiferente al recién llegado.
En la actualidad, no resulta sencillo imaginar cómo era esta zona —conocida como Chek Chu entre los chinos— en 1841, año de la llegada de los británicos. Por aquel entonces, se trataba de la población más importante de la isla, aunque no pasara de ser una ciudad con un mercado en el que se vendían produtos producidos en las granjas cercanas. Además, poseía una gran fama como refugio de piratas.

A partir del próximo 23 de enero, tres palabras resonarán hasta la saciedad en todos los rincones de China: 新年快乐 (xīnnián kuàilè). O lo que es lo mismo: los buenos deseos para el año nuevo, que será el 4710 según el calendario del gigante asiático.
Asimismo, con arreglo al horóscopo chino, éste será también el año del dragón, un animal mitológico y sagrado que, en el caso del llamado País del Centro, ha estado siempre vinculado a la figura de los antiguos emperadores, considerados como los hijos del cielo.
Sea como fuere, lo cierto es que el año nuevo chino —conocido también como 春节 (Chunjie) o fiesta de la Primavera, y primer día del calendario lunar—, es la festividad más importante en este territorio, y si queréis celebrarlo solo tenéis que reservar vuestros hoteles China y a disfrutar.

La propuesta de hoy conduce hasta la fascinante Luoyang (洛阳), situada en la céntrica provincia de Henan.
Aunque esta localidad, cuyo nombre significa ’Ciudad de las Peonias’, debe su bien merecida fama a las espectaculares grutas de Longmen (龙门石窟) —declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000—, lo cierto es que el abanico de alicientes no acaba aquí.
En cualquier caso, estas preciosas cuevas-santuario no dejan de ser el buque insignia de una población que, pese a todo, aún permanece ajena a la molesta presencia del turismo de masas. Sitas a ambas orillas del río Yi y a 12 km del casco urbano, las grutas más antiguas corresponden a finales del siglo IV d.C. o principios del V, período en el que la dinastía Wei del Norte decidió trasladar su capital a Luoyang.

Los guerreros de terracota de Xian han sido desde siempre el principal aliciente turístico de esta ciudad. Sin embargo, son muchos otros los atractivos que pueden llevarnos a conocer a la que fue la primera capital de la China unificada durante doce dinastías, cuna de la civilización más antigua del mundo.
Xian se encuentra a más de 1.100 kilómetros al suroeste de Pekín (se llega en avión en un viaje de unas dos horas). La rica historia, tradición y cultura de esta ciudad es fascinante, a pesar de que tal vez la primera impresión sea la de un lugar demasiado industrial. Hay que tener en cuenta que son más de siete millones las personas que viven en esta ciudad, de ahí que el bullicio pueda ser excesivo.
Primavera y otoño son las mejores épocas para viajar a Xian, ya que los inviernos son muy fríos y entre los meses de julio y septiembre se desarrolla la temporada de monzones, muy húmeda. Los amantes de la historia y la cultura china deben considerarla como una visita imprescindible en su itinerario.

Seguro que, en más de una ocasión, el lector habrá oído hablar de Manchuria. No obstante, el tiempo ha ido ahogando los ecos de un topónimo que ha acabado cediendo el testigo a tres provincias situadas en el noreste de China: Liaoning, Heilongjiang y Jilin.
Para ayudar a que no caiga en el olvido, estas líneas ofrecen algunos datos de una zona que, pese a no figurar entre las más visitadas del gigante asiático, aún reviste un notable interés. Sin ir más lejos, esta región histórica tiene el privilegio de ser la cuna de la última dinastía imperial china: los Qing (1644-1912).
Precisamente, a este período corresponde lo mejor de su patrimonio monumental, como la tumbas imperiales de Shenyang, templos, pagodas y murallas. En este sentido, los emperadores Kangxi (1662-1722) y Qian Long (1736-1795) imprimieron una gran vitalidad a las grandes obras arquitectónicas.

Hace unos meses, este blog dedicaba unas líneas a la rebelión militar que, en el 1911, marcaría el principio del fin de la última dinastía imperial en la historia de China: los Qing (1644-1912).
No obstante, aún habría que esperar algunas semanas para que el último emperador, Puyi (1906-1967), abandonase el trono, circunstancia que se produjo el 12 de febrero del 1912. Casi un siglo, por lo tanto, del fin de una forma de gobierno milenaria, y que ha dejado una profunda imprenta en el arte y la cultura del gigante asiático.
Tras la abdicación de Pu Yi, Sun Yat-sen (1866-1925, en la imagen) formó un gobierno provisional, al que pondría fin al año siguiente el dictador Yuan Shikai , quien disolvió el parlamento e instauró un régimen totalitario. Sin embargo, su funesto paso por la historia de China fue más allá, al asesinar al vencedor en las elecciones de 1913, Song Jiaoren, miembro del recién creado Kuomintang o Partido Nacionalista (formación política fundada por Sun Yat-sen) .

Aunque la ciudad que centra el interés de este post, Shangai (上海’), carece de palacios imperiales y de la historia ancestral que atesoran otros rincones del país, su condición de capital financiera de China la convierte en un destino de visita obligada.
Poseedora de un imponente skyline y de la mayor concentración demográfica del gigante asiático —su área metropolitana acoge la friolera de 20 millones de habitantes—, Shangai se ha erigido en las últimas dos décadas como uno de los principales reclamos turísticos del antiguo Imperio del Centro, pese a no tener nada que ver —o muy poco— con el resto de las grandes urbes chinas.
Teniendo en cuenta estas características y las generosas dimensiones de Shangai (6.340 km²), así como su particular estatus administrativo —junto con Beijing, Chongqing, Tianjin, es una de las cuatro municipalidades que dependen directamente del Consejo de Estado chino—, no es de extrañar que la ciudad cuente con una completa infraestructura de transporte.

La reciente desaparición del líder norcoreano Kim Jong Il —acaecida el pasado 17 de diciembre— y la reacción de China ante su muerte —se ha publicado que Beijing supo de ella dos días antes de que Corea del Norte hiciese oficial la noticia— ha vuelto a sacar a relucir el buen entendimiento existente entre ambos países asiáticos, que comparten la doctrina comunista como una de las bases de su ideario. Una relación, no obstante, que en algunas ocasiones ha llegado a comprometer los intereses comerciales de China en el mundo capitalista.
En cualquier caso, lo cierto es que el aliado del antiguo Imperio del Centro presenta unas particularidades políticas e ideológicas surgidas en el contexto de la guerra fría y que han tenido continuidad hasta la fecha, sin visos de que el sucesor de Kim Jong Il, Kim Jong Un (el tercero de sus hijos), tenga intención de apostar por un planteamiento que pudiera conducir al aperturismo o, con el tiempo, incluso al final de la dictadura norcoreana.